
Déjame te cuento Luisa
Así que llegó abril, llegaron las jacarandas y el calor. También estás a punto de llegar tú, Luisa. Me da la sensación que te tengo que contar la historia de tu mamá y yo, antes de que tu mamá la cuente. Por que, y con todo respeto a mi amiga la Perra, o sea tu madre seguramente la va a contar llena de inexactitudes, puntos de vista que nada tienen que ver con el mío. Es por eso que me aprovecho de estos días en los que tu madre trae la cabeza en otra cosa para trenzar esta historia porque sino, imagínate, te contaría otra cosa.
Nos conocimos hace suficientes años. No de toda la vida. Pero sí una buena parte de ella. Y cuando sucedió nos odiamos. Así de sencillo. Y ¿cómo no? Ella, la más inteligente de clase, escandalosa, reina del centro de atención, capaz de deshacerte con una mirada. Algo similar dirá de mí, excepto que desde su punto de vista vio mis aires de grandeza y mi timidez (sí, timidez, Perra) que se escondieron detrás de una fina capa de mamonería.
Si algo tiene tu madre es que es capaz de manejar entre los dedos la atención de la gente a la perfección. Un día nos peleamos a mitad de una clase. Yo, como siempre, me tomaba todo con demasiada seriedad e intensidad. Era mi fase “política” y algo le sabía o al menos tenía la suficiente capacidad para pelearme a mitad de una clase. El odio continuó aunque con cierta dosis de respeto, es difícil encontrar un rival digno y pocas veces me he topado con alguien tan brillante como tu mamá. La ñoña tenía maestría absoluta manejando la mitología griega y hacía referencias bíblicas. Yo no sabía que se podía hacer eso. Además, después de 14 años en escuela católica de lo último que quería hablar era de religión.
A veces imagino esas clases saludándonos con las cejas arqueadas a la entrada del salón “Cristina”, diría ella. “Mónica”, contestaría yo. Las dos haríamos una ligera reverencia con la cabeza.
Un día, no se porqué, se me ocurrió platicar con ella. No me acuerdo de qué, sólo que las dos nos sentamos en una bardita de ladrillos, de esas que hay en la Ibero. Fue como abrir un milímetro la puerta, suficiente para que entrara la luz y mira que tu madre habla tan rápido como si la persiguiera un tren. Nos volvimos amigas y al poco tiempo le confesé que le decía “La Perra” a sus espaldas. Amó el apodo y me bautizó igual. Hasta la fecha dudo que tu abuela sepa mi verdadero nombre. Mi mamá, estoy segura, no sabe que tu mamá se llama Mónica.
Pasaron años, me fui, regresé, se fue a Salamanca y luego a Madrid. Un verano me dijo que la visitara y yo que no pierdo oportunidad de ir de visita le caí 15 días en su piso de Madrid. Imagino la cara de terror que puso cuando abrió el email que anunciaba mi llegada: “No sé si te puedas quedar 15 días”, me dijo, “vienen mis papás de visita”. “Me quedo los días que pueda, no importa”, contesté. Y qué rico la pasamos. Me da pena aceptarlo pero no conozco bien Madrid por ese detalle. Nos la pasamos entre cafecito, mariscada y vinito. Luego fuimos a Salamanca a casa de tus abuelos. Era de noche cuando llegamos y la Perra me hizo cerrar los ojos frente a una cortina. Luego la abrió. Me sentí en un cuento de hadas. Allá abajo la Plaza Mayor de Salamanca toda iluminada. “Magia”, pensé. El resto de la noche nos fuimos de marcha. En pleno bar salamanquino, la Perra desapareció y tu papá, preocupado por la x cantidad de chupitos que llevábamos, me hizo irla a buscar al baño. La encontré encerrada en el único baño para mujeres. “Perra, ¿estás bien?” Una cola enorme de mujeres enojadas serpenteaba afuera: “Joder tía, vete a tu casa”, gritaban. La puerta se abrió, “Sí, pasa”. “¿Qué haces?” Tu mamá sentada sobre la tapa del escusado contestó, “ es que ya no aguanto los zapatos y me vine a sentar aquí un ratito”. Amo ese recuerdo. Nos quedamos ahí, media hora, en un baño bastante horrible pero platicando tan rico. Después una decenas de mujeres casi nos linchan porque secuestramos el único baño por media hora para que tu mamá descansara sus pies.
Pasaron años. Tu mamá y tu papá se casaron. Me fui. Tu abuelo se murió. Lloramos por teléfono. Se fueron. Regresé. Nos quejamos amargamente de la distancia por Skype. Y luego, hace casi nueve meses un email. “ Amiga.. siéntate”. Y una prueba de embarazo.
Me tardé varios minutos en descifrar su críptico mensaje y varios puñados de minutos más en recuperar la compostura y poder marcar tanto número hasta España. ¡Qué felicidad!
Un puñado de meses más tarde y no sé porque, el día que el doctor decidió que no eras Juan (así te llamarías si fueras hombre), el destino permitió que otra vez, estuviera de visita. Esta vez en tu pueblo: León. Tu mamá lloraba y yo, ¿cómo la iba a dejar llorar sola? Nos abrazamos tanto y me sentí tan parte de esta historia.
Luisa, te llamas como tu abuelo, pero eso te lo van a decir mil veces, para mí, no hay de otra, siempre vas a ser la Cachorra
Tu tía La Perra
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